Jesús se paseaba una tarde con sus discípulos cuando pasaron cerca de un local; junto a la puerta, un cartel que decía “Centro de acogida de seropositivos”. Al ver esto, uno de los Doce dice a Jesús: “Maestro, si estos están enfermos, ¿es porque ellos han pecado o porque han pecado sus padres?” Jesús le mira y le responde: “Ni ellos ni sus padres; pero en ellos ha de manifestarse la acción de Dios”. Los discípulos quedan en silencio, esperando que Jesús haga un milagro. Después de un buen rato de este silencio expectante, Jesús toma la palabra y dice a todos: “¿Qué esperáis? Sois vosotros quienes lleváis la acción de Dios. Vuestras manos son ahora mis manos: id a ellos y llevadles la esperanza. No os limitéis a los enfermos, id también hacia aquellos que pueden a su vez ser infectados. No les juzguéis, hablad lo justo, pero que vuestra mirada y vuestra acogida sean testimonio del amor incondicional del Padre: realizad así la acción de Aquel que me envió, y en cuyo Nombre yo os envío”.
(Adaptación libre (?) de Jn 9, 1-4)
