17 de noviembre de 2009

En ti y por ti

Dios no se limita a actuar en ti, sino también por ti. Es El quien te da una manera de hacer que sobrepasa grandemente tus posibilidades normales…

Si pecamos de falta de confianza en nosotros mismos es, quizá, que en el fondo no creemos de verdad que Dios quiere actuar, dar, amar… a través de nosotros. Nos creemos instrumentos inutilizables. Así somos confrontados a nuestras propias fuerzas, superficiales y limitadas, o más bien confrontados a nuestra debilidad. Y así nos privamos de nuestra verdadera fuerza, la que se encuentra en nuestro centro, allí donde habita Dios, este Dios que es más “yo” que lo que hemos considerado hasta ahora como nuestro verdadero “yo”, este Dios que no cesa de decir: todo lo mío es tuyo (Lc 15, 31).

Todo esto es cierto si creemos verdaderamente que somos inutilizables, que no tenemos ningún papel a desempeñar, no dejamos a Dios valerse de nosotros. Un sentimiento de inferioridad no es peligroso en sí; puede ser el resultado de varios factores diferentes (nuestro pasado, las variaciones de nuestra psique, la influencia de los otros) y es quizá la cruz que tenemos que llevar. Pero al mismo tiempo podemos profundizar constantemente nuestra fe y esperar en la confianza que lo poco que hacemos tenga su plaza, una plaza única, en el reino de Dios. Y así, día a día, con coraje, alcanzamos a realizar la tarea específica que nos ha sido dada, a pesar de los sentimientos opuestos que podamos tener. Ahí llegaremos, no para complacernos en nuestra propia excelencia, sino para amar todo y todo viviente.

¡No hay que tener miedo del propio miedo! A medida que nos hacemos conscientes de nuestro miedo, aprendemos también cuales son nuestras posibilidades. Bastará romper nuestro aislamiento y restablecer el contacto con Dios

Wilfrid Stinissen, L’éternité au cœur du temps


Texto francés publicado por Agapenat

14 de noviembre de 2009

33 domingo del Tiempo Ordinario

Del evangelio según san Marcos (13, 24-32)
Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.


Siempre tuve problemas con este texto y similares… Hoy, sin embargo, hay un pequeño detalle que me llama la atención, y es la “parábola de la higuera”. Creo que en nuestro vivir cotidiano podemos percibir signos de cómo El está cerca, “a nuestra puerta”; aunque no es fácil percibirlos, se trata de recibir al Amor que viene, aún a riesgo de ver toda nuestra vida y nuestras seguridades bien transformadas.

11 de noviembre de 2009

Todo acabará bien

Esta mujer que ahora conocemos como Juliana nació en Norwich en 1342, en una época bien convulsa: la Guerra de Cien Años acababa de empezar; la Peste Negra iba a comenzar su mortal paseo por Europa; los papas residían en Aviñón, lo que iba a provocar el Cisma de Occidente (1378-1417)… Podemos sumar a todo esto las revueltas sociales, las hambrunas, las catástrofes naturales. Todo un mundo en conmoción.

No sabemos nada de la vida de Juliana hasta 1373: el 13 de mayo de ese año ella tuvo una fuerte experiencia de Dios durante una enfermedad: fueron 16 visiones o revelaciones, en relación básicamente con la Pasión de Cristo. Después ella va a vivir como “reclusa” en una ermita pegada a la iglesia de San Julián, en su ciudad natal (de ahí el nombre con el que ella ha pasado a la posteridad). Redacta una primera versión de su experiencia, “El libro de las revelaciones del Amor de Dios”. Veinte años después, ella vuelve sobre su texto, ampliándolo; porque ha podido profundizar sobre todo lo aprendido. Su mirada, tocada por este Amor, se hace claramente optimista y luminoso, mensaje de alegría y esperanza del cual su mundo tenía necesidad. Como el nuestro.


Nuestro amable Señor ha dicho: “Todo acabará bien”; en otro momento El dijo: “Tú verás por ti misma que todo acabará bien”. El alma obtiene aquí dos enseñanzas diferentes. Una es ésta: El quiere que nosotros sepamos que presta atención no sólo a las cosas grandes y nobles, sino también a todas aquellas que son pequeñas y humildes, a los hombres simples y humildes. Y esto es lo que quiere decir con estas palabras: “Toda cosa, sea cual sea, acabará bien”. Pues quiere que sepamos que ni la cosa más pequeña será olvidada.

Otro sentido es el siguiente: que hay muchas acciones que están mal hechas a nuestros ojos y llevan a males tan grandes que nos parece imposible que alguna vez pueda salir algo bueno de ellas. Y las contemplamos y nos entristecemos y lamentamos por ellas, de manera que no podemos descansar en la santa contemplación de Dios, como debemos hacer. Y la causa es ésta: que la razón que ahora utilizamos es tan ciega, tan abyecta y estúpida, que no puede reconocer la elevada y maravillosa sabiduría de Dios, ni el poder y la bondad de la santísima Trinidad. Y ésta es su intención cuando dice: “Y tú verás por ti misma que todo acabará bien”, como diciendo: “Acéptalo ahora en fe y confianza, y al final lo verás realmente en la plenitud de la alegría. […] Yo puedo transformar todo en bien…”

Libro de las revelaciones, capitulo 32

7 de noviembre de 2009

32 domingo del Tiempo Ordinario

Del evangelio según san Marcos (12, 38-44)
En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia mas rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acerco una viuda pobre y echo dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo:
«Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas mas que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»


Invitación no sólo a la generosidad, sino también a la simplicidad y a la verdad. Sólo podemos dar (y darnos) desde la verdad de nosotros mismos, desde nuestra gran o pequeña riqueza. Ninguna critica podrá desestabilizarnos si nuestras acciones son el reflejo de la profunda verdad de nosotros mismos…

6 de noviembre de 2009

Una oración de J. Calvino

Dios mío, mi Padre y Salvador,
ya que has querido conservarme por tu gracia
durante la noche que acaba de terminar
hasta este día que comienza,
haz que en él yo esté
todo entero a Tu servicio.
Y que yo no piense,
no diga y no haga nada
que no sea para agradarte
y obedecer a Tu santa voluntad,
para que todas mis acciones sean
para la gloria de Tu Nombre
y la salvación de mis hermanos.
Y, de la misma manera que en esta vida terrestre
Tú haces brillar el sol sobre el mundo,
ilumina mi inteligencia con la claridad de Tu Espíritu,
para que El me guíe en el camino de la justicia […]
Haz también, Señor,
que mientras trabajo por mi cuerpo y por la vida presente,
eleve mi alma más alto,
hasta esta vida celeste y bienaventurada
que tu reservas a Tus hijos.