
El milagro de la Iglesia es que ella sobrevive cada domingo a millares de malas homilías.
Frase atribuida al cardenal Ratzinger (sí, sí, el mismísimo Benedicto XVI), y citada hoy por uno de los curas de mi parroquia.
Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, muy caro; rompió el frasco y derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús… (Mc 14, 3-9)
Jésus se trouvait à Béthanie, chez Simon le lépreux. Pendant qu'il était à table, une femme entra, avec un flacon d'albâtre contenant un parfum très pur et de grande valeur. Brisant le flacon, elle le versa sur la tête de Jésus... (Mc 14, 3-9)
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: « ¿No es éste el hijo de José?» Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: Médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm.» Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.» Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazareth, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»
Si siguiendo la autoridad de Jesús tomamos el amor como fundamento y punto de partida, podríamos llegar a una conclusión bien alejada de la doctrina actual sobre la homosexualidad. El amor homosexual existe, es innegable, basta con mirar en torno […] Es simplemente falso decir que las relaciones homosexuales están profundamente caracterizadas por la propia autosatisfacción. Todas las intenciones, todos lo deseos que son posibles en una pareja heterosexual lo son también en una pareja homosexual, excepto la intención de procrear, y la falta de esta intención no convierte estas relaciones sexuales en egoístas. Si las relaciones heteros pueden ser la expresión de un don mutuo de sí, las relaciones homo pueden serlo también. Si esto es correcto, los homosexuales están sujetos a la misma ley que los heteros, la ley del amor. Todos están sujetos a ella porque el amor es la verdadera voluntad de Dios. […] Para la mayoría de la gente en la mayoría de las circunstancias, este amor no se expresa de forma sexual. En el caso de un amor de pareja, las relaciones sexuales son la expresión natural del amor. Se puede creer que en este caso la unión sexual de una pareja homo puede también llegar a ser, como lo pretende la Iglesia en el caso de las parejas heterosexuales, una representación simbólica de este amor que es el principio de la unidad de Dios. […] Un cristiano que ama verdaderamente a otro da gracias a Dios por este otro. Algunos de entre nosotros son heterosexuales, otros, homosexuales, y no tenemos ningún poder ahí. Pero si Dios nos ha dado alguno o alguna a quien podemos amar, nosotros todos podemos, deberíamos incluso, dar gracias a Dios por ello.
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: "No les queda vino." Jesús le contestó: "Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora." Su madre dijo a los sirvientes: "Haced lo que él diga."Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: "Llenad las tinajas de agua." Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: "Sacad ahora y llevádselo al mayordomo." Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes si lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: "Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora."Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.
Mi Dios, que dormís débil entre mis brazos,
mi cálido Niño sobre mi corazón que late,
adoro entre mis manos, y acuno sorprendida
la maravilla que Vos, Dios mío, me habéis dado.
Yo no tenía, Señor, ningún hijo.
Siendo virgen, y en este humilde estado,
¿qué alegría, en flor, de mí iría a nacer?
Pero Vos, Todopoderoso, me la habéis dado.
¿Qué os daré yo, sobre quien ha venido vuestra gracia?
¡Oh, Dios! Sonrío bajito,
porque yo tenía también, pequeña y limitada,
yo tenía una gracia, y os la he dado.
Boca, oh Dios mío, Vos no teníais,
para hablar a las gentes de aquí abajo.
Tu boca de leche, hacia mi seno tornada,
Hijo mío, soy yo quien te la ha dado.
Manos, oh Dios mío, Vos no teníais,
para sanar sus pobres cuerpos cansados.
Tu mano, botón de rosa, flor aún cerrada,
Hijo mío, soy yo quien te la ha dado
Carne, oh Dios mío, Vos no teníais,
para romper con ellos el pan de la cena.
Tu carne, formada en mi primavera,
Hijo mío, ¡soy yo quien te la ha dado!