
Esta mujer que ahora conocemos como Juliana nació en Norwich en 1342, en una época bien convulsa: la Guerra de Cien Años acababa de empezar; la Peste Negra iba a comenzar su mortal paseo por Europa; los papas residían en Aviñón, lo que iba a provocar el Cisma de Occidente (1378-1417)… Podemos sumar a todo esto las revueltas sociales, las hambrunas, las catástrofes naturales. Todo un mundo en conmoción.
No sabemos nada de la vida de Juliana hasta 1373: el 13 de mayo de ese año ella tuvo una fuerte experiencia de Dios durante una enfermedad: fueron 16 visiones o revelaciones, en relación básicamente con la Pasión de Cristo. Después ella va a vivir como “reclusa” en una ermita pegada a la iglesia de San Julián, en su ciudad natal (de ahí el nombre con el que ella ha pasado a la posteridad). Redacta una primera versión de su experiencia, “El libro de las revelaciones del Amor de Dios”. Veinte años después, ella vuelve sobre su texto, ampliándolo; porque ha podido profundizar sobre todo lo aprendido. Su mirada, tocada por este Amor, se hace claramente optimista y luminoso, mensaje de alegría y esperanza del cual su mundo tenía necesidad. Como el nuestro.
Nuestro amable Señor ha dicho: “Todo acabará bien”; en otro momento El dijo: “Tú verás por ti misma que todo acabará bien”. El alma obtiene aquí dos enseñanzas diferentes. Una es ésta: El quiere que nosotros sepamos que presta atención no sólo a las cosas grandes y nobles, sino también a todas aquellas que son pequeñas y humildes, a los hombres simples y humildes. Y esto es lo que quiere decir con estas palabras: “Toda cosa, sea cual sea, acabará bien”. Pues quiere que sepamos que ni la cosa más pequeña será olvidada.
Otro sentido es el siguiente: que hay muchas acciones que están mal hechas a nuestros ojos y llevan a males tan grandes que nos parece imposible que alguna vez pueda salir algo bueno de ellas. Y las contemplamos y nos entristecemos y lamentamos por ellas, de manera que no podemos descansar en la santa contemplación de Dios, como debemos hacer. Y la causa es ésta: que la razón que ahora utilizamos es tan ciega, tan abyecta y estúpida, que no puede reconocer la elevada y maravillosa sabiduría de Dios, ni el poder y la bondad de la santísima Trinidad. Y ésta es su intención cuando dice: “Y tú verás por ti misma que todo acabará bien”, como diciendo: “Acéptalo ahora en fe y confianza, y al final lo verás realmente en la plenitud de la alegría. […] Yo puedo transformar todo en bien…”
Libro de las revelaciones, capitulo 32